SIN TÍTULO
Lo sabía. Aquella mujer sucia y gorda ya lo sabía, y sólo había una manera de que se hubiese enterado. Sólo mi madre podía habérselo dicho. Esa borracha era capaz de vender a su propio hijo por un poco de vino.
Nunca debí confiar en ella.
Ahora mi cabeza tenía un precio, eso lo entendía hasta yo con mis doce años. Hasta la Chispa lo entendía, la pobre me miraba con cara de terror y buscaba mi mano con su cabeza, esperando una caricia de ánimo o de consuelo. ¿Quién va a cuidar ahora de ti, Chispa?, pensé mientras la apartaba de mi lado. Esa perra había estado conmigo desde que podía recordar, sólo yo le daba algo de comer de vez en cuando, sólo yo evitaba que los otros niños de la calle me la apedreasen como una vulgar rata, sólo yo había estado para ella y sólo ella había estado para mí.
Al final la acerqué y le di las caricias que buscaba, sentí como se relajaba y dejaba de temblar bajo mi mano.
Así estuve, escondido con la Chispa, hasta que cayó la noche.
Sabía que era arriesgado salir y dejarme ver, pero tampoco podía quedarme allí escondido eternamente.
Fui primero a mi casa, necesitaba hablar con mi madre, saber qué le había contado a la Paca, cuánto sabía aquella mujer que debía andar buscándome hasta en el infierno para cerrarme la boca.
¿Sería capaz de convencerla de que yo no iba a decir nada? No lo había dicho antes ni pensaba hacerlo ahora. Total, a quién se lo iba a contar, ¿a la policía?. Yo no me acerco a ésos ni por dinero. Pero, ¿me creería la Paca?.
Cómo podía haber dejado mi madre la suerte de su hijo en manos de una mujer tan mezquina como ésa. Mi madre sabía lo que era capaz de hacer con sus propias manos, yo mismo se lo había contado. Todavía me arrepiento de la mala hora en que se lo dije. Ella no había bebido y estaba muy cariñosa conmigo y yo, tonto infeliz, me dejé llevar por la ilusión de tener por fin una madre y le confié el secreto que no le había contado a nadie. Y ahora, por su culpa , estaba bien jodido.
Las luces de mi casa estaban encendidas, decidí entrar por la puerta de atrás para que no me tomasen por sorpresa en el caso de que hubiese alguien allí esperándome. Tuve que sujetar a la Chispa para que no saliese corriendo a meterse bajo mi cama. Siempre se escondía allí cuando estábamos en casa porque mi madre había desarrollado una destreza sorprendente en el lanzamiento de objetos pesados contra la pobre perra. Era digno de admirar, si no fuese por la cara de tristeza e incomprensión de la Chispa, como mi madre, que casi no se podía tener en pie, iba acertando el blanco con cada nuevo lanzamiento.
Sin embargo fueron en vanos todas las precauciones. En la casa no había nadie, sólo el cuerpo inconsciente de mi madre tirado en el suelo, revolcándose en sus miserias. Me dio pena verla así. Bueno, no sé si fue pena, sólo que noté algo que crujía dentro de mí.
Al ver a mi madre así llegué a la terrible conclusión de que estaba solo. Nadie iba a hacer nada por mí. Sólo podía confiar en mí mismo para cuidarme las espaldas. Y entonces tomé la decisión de ser yo quien buscase a la paca, enfrentarla y hablar con ella claramente, cara a cara, de niño (que dejaba de serñlo) a mujer-mostruo.
Dejé a la Chispa en el suelo, tuve que alejarla con una patada del cuerpo de mi madre para que no se comiese sus inmundicias. ¡Qué hambre tenía la pobre!. Se metió debajo de la cama y allí la dejé cuando salí en busca de mi destino. No sabía que ésa era la última vez que la vería con vida.
Llegué a la taberna que regentaba la gorda, eché una ojeada y, cuando la encontré, me acerqué a ella sin apartar un segundo la mirada de sus ojos sibilinos, los ojos más vacíos que había visto hasta entonces.
Hoy sé que la decisión que tomé en aquel momento me salvó la vida. Si no hubiese ido a buscarla hoy estaría bajo tierra con la boca llena de gusanos... pero con las manos limpias. El día de mañana, cuando me muera o me maten, me llevaré a la tumba las manos manchadas de sangre y el recuerdo de una lágrima.
Y todo por culpa de la Paca, o de mi madre, o incluso mía, qué se yo y qué importa ya..
La solución de la paca fue muy inteligente. En lugar de matarme para evitar que alguien conociera su secreto, decidió convertirme en uno de los suyos, ganarse mi fidelidad y mi silencio a cambio de un futuro.
Quizás hubiese sido mejor que me hubiese matado Con mi valentía al decidir enfrentar a la Paca logré salvar la vida, pero se convirtió en una vida de mierda. Ya ni siquiera recuerdo los nombres de todas aquellas personas cuyas vidas acabé con mis manos, algunos nunca llegué a saberlos. Pero, entre todas, hay una víctima inocente que es la que más me duele. Mi primera víctima, la Chispa. Aunque mi cuchillo nunca tocó su carne sé que fui yo el culpable de su muerte.
Cuando volví a mi casa después de llegar a un acuerdo con la Paca, mi madre seguía tirada en el suelo durmiendo la borrachera, pero la Chispa se había ido. Me la encontré días después tirada en la calle, no sé cómo pude reconocerla entre tanta sangre. Al final los niños habían saciado su sed de sangre a pedradas con mi pobre Chispa. Ni que decir tiene que busqué a los culpables e hice que se arrepintieran para el resto de sus vidas de lo que le habían hecho a mi pobre amiga. Pero esa venganza no pudo aplacar mis remordimientos porque, todavía hoy, lo último que veo antes de dormirme es la cara de la Chispa cubierta de sangre, cruzada por una lágrima que sabía que yo había provocado.
Inma
EXTRACTO DE 'EL ERIZO COLÉRICO'
La Gorda entró en el salón y se sentía la tensión entre los dos hermanos. José nunca la había soportado y eso lo sabían todos, hasta ella, pero no era algo que le importase mucho, ella lo odiaba con todas sus fuerzas. Cuando él nació, pasó de ser la 'peloti' a ser la Gorda, y todo por aquel enano que le robó el protagonismo en sus años de infancia.
Tal era la tensión que José, nada más ver aquel brillo de malicia en los ojos de la gorda, supo que venía a tocar las narices y automáticamente se levantó y se fue a la cocina para evitar otro enfrentamiento.
- ¿A dónde vas enano? El nombre te viene que ni pintado, enano, ¡ja! Todo lo tienes enano, la estatura, la cabeza, el nabo...
“Pff” pensó, “ni en mi puta casa puedo estar tranquilo con la mierda niña ésta”.
- ¿Qué dices, gorda? Que mira que estás gorda, que te comes dos ollas de potaje y encimas pides postre. Además, ¿qué sabrás tú cómo la tengo? Es más, sabrás tú cómo es una polla si no se te arriman ni los borrachos...
La Gorda se sintió ofendida y pasó directa al ataque.
- ¿Sabes? Ayer estuve con tu Carmencita...
José tomó aire y cogió un vaso de cristal, mientras lo llenaba con el agua del grifo escuchó tras sí
- Pobre Carmen, la tienes tan pequeña que está ya desesperada... Tiene que meterse de todo para tener orgasmos... (y empezó a gemir) aahh... aahh... sí... ¿te suena? Así es como los finge.
Agarró el vaso con fuerza mientras tragaba saliva, por fin dijo:
- Tú qué coño sabes, si no has tenido ocasión ni de fingir orgasmos...
- Sí, Sí... (se notaba el rencor en la voz de la Gorda), pero a mí al menos no me engaña mi novia.
- ¿Qué?
- Y no la culpo, yo habría hecho lo mismo, si te digo la verdad... ¡sorpresa! Fui yo.
José se dio la vuelta extrañado
- Eeeehhhh ¿cómo dices?
- Qué coñito más rico, saladito, jugoso...
- No, es mentira.
- ¿Por qué no le preguntas a ella? Seguro que te sorprenderás.
- No es verdad, no te creo.
José notó cómo se le aceleraba el ritmo cardiaco
>>De repente estaba en el sofá viendo la tele, tenía 9 años. La Gorda llegó y gritó “quita enano”, cogió el mando a distancia y le dio una patada lanzándolo fuera del sofá.
- Todavía me huelen los dedos a coñito (se olió la mano) mmm coñito de Carmen, casi puedo saborearlo de nuevo.
>>Ahora tenía 11 años, ella tenía un pastel en la mano, le dijo “¿quieres un poco?” y cuando él sonrió ella se lo estampó en la cara diciendo “traga enano de mierda, ojalá te mueras”.
Parecía que el corazón se le iba a salir por la boca, los ojos empezaban a parpadear de manera alterna, como cada vez que le empezaba un tic nervioso, y la mano le sudaba tanto que el vaso de cristal cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
- ¡Ja! Me encanta (dijo saliendo de la cocina), no sólo tu novia se acuesta conmigo sino que además verás la que te cae cuando llegue mamá y vea que el mierda del enano se ha cargado un vaso de cristal de los buenos (empezó a reirse), avísame cuando llegue que no me quiero perder lo patético que eres.
>>Se encontraba delante del microondas, viendo como su muñeco de acción favorito se derretía gracias a su hermana que no paraba de reir a carcajadas regozijándose en las lágrimas del pequeño enano de 7 años.
No pudo más, fue un acto casi instintivo, no se le cruzó nada por la mente, simplemente abrió el cajón de los cubiertos para coger el cuchillo grande, el de cortar las cebollas, y con él en la mano se dio la vuelta en búsqueda de aquella libertad que anhelaba desde la cuna, realmente no sabía que la amaba, la sensación de no tener detrás a quien no le dejaba disfrutar de nada, no sabía que la amaba hasta aquel preciso instante. Y fue a por la que le había amargado toda la existencia.
Con paso firme, no le temblaban los andares, ni el pulso, ni siquiera en sus ojos parecía apreciarse ya ese tic que minutos antes le estaba dando problemas. Se iba acercando hasta que ya estaba tras la espalda de la gorda, cuchillo en alto.
“El segundo más delicioso de mi mierda de vida, ojalá se prolongase eternamente en el tiempo, creo que podría ser capaz de correrme de un momento a otro”.
Ella notó el aliento cálido en la nuca y se volvió. Sus ojos lo reflejaron todo, el pánico, jamás pensó que el enano se rebelase.
No podría José describir lo que sintió, lo que sí podría decir es que fue muy placentero, por primera vez era la Gorda la débil de los dos, la que parecía estar rezándole a un dios al que, si de verdad la rendía pleitesía, no se lo demostraba lo a menudo que debiera. Había miedo en sus ojos. Auténtico miedo. Y a José le gustaba.
Bajó fulminante la trayectoria del cuchillo y unas palabras surcaron su pensamiento “sé que tú hermana es complicada, pero en el fondo te quiere, eres su hermano y el día de mañana serás tú quien cuide de ella”. Fue la imagen de su santa madre, con su cara angelical, que años atrás le rogó que siempre protegiera a la Gorda. Pero ya era demasiado tarde, el cuchillo estaba clavado y notaba cómo la sangre fluía, manchándole la camisa, a borbotones.
Empezó a reirse y entonces vio su sonrisa reflejada en la cara de ella, también estaba sonriendo. “¿Esto cómo va a ser?” Miró hacia la cintura de la gorda y vio sangre, sí, pero sangre contagiada de otro cuerpo, el suyo propio, que aparecía rajado por el arma que pretendía ser homicida y no suicida. Qué contrariedad, quién sabe si fueron las palabras de su madre las que intervinieron o si fue la propia torpeza debido al nerviosismo del enano, el caso es que el cazador fue cazado.
Sintió ganas de vomitar hasta la primera papilla, mareos, temblores, el cuerpo de José no podía mantenerse más en pie y las rodillas se doblaron obedeciendo a un instinto natural, José quería desplomarse, y lo hizo.
Entre las rajas de los ojos abiertos pudo ver la imagen de su hermana, que con sumo cuidado extraía el cuchillo.
Había entonces nada, vacío.
Haciendo un esfuerzo extremo abrió de nuevo los ojos, agonizantes, y pudo ver la imagen de su hermana, con el cuchillo en la mano, empuñado.
Sintió una punzada. Y luego otra. Y otra más.
Los sentidos ausentes le nublaban la consciencia.
Quiso despedirse de su hermana y llevarse consigo la última imagen de ésta, abrió los ojos como pudo y allí la tenía, frente a él, de rodillas, gritando como una posesa “¡Por fin enano de mierda! ¡Pero no te daré el gusto de matarte tú sólo! ¡Seré yo quien acabe con tu puñetera vida asqueroso!”... volvieron las punzadas, y entonces observó las manos manchadas de sangre de su hermana. Sangre salpicándole la cara. Una sonrisa diabólica. Placer en los ojos de ella.
Sintió la última punzada.
Vacío.
Lady Ankas
El primogénito.
Sudando, pasó corriendo una mujer gorda, que se limpiaba los chorretones de sudor de la cara con la mano y tiró el manoseado pañuelo de papel cerca de los cubos, pero ni siquiera se molestó en mirar donde caía. Detrás, con la misma prisa, una madre vieja y primeriza, con su hijo en la sillita. Le regañaba por el juego nuevo que había descubierto, quitarse los zapatos y arrojarlos para que se los recogieran del suelo. No se acercó a los contenedores.
La siguieron unos minutos después dos alumnas de la escuela francesa. Se reían de forma escandalosa, mientras sus faldas tableadas iban arriba y abajo con cada paso. Se quejaron de la peste de la basura; no se acercaron.
Nadie se acercaba, excepto la muerte, el calor. Eran las tres de la tarde, pronto no habría un alma en la calle. Todos huían del sol en lo más alto, de la asfixia, del agotamiento. Todos tenían una casa a la que volver, un plato en la mesa, al menos un techo, una sombra o unas piernas para buscarla. Nadie se paraba a pensar que allí, tan cerca, hubiese alguien cuyas piernas aún no le pertenecieran, alguien que no poseyera esa casa, ese plato, ese refugio. Alguien completamente desposeído.
Alguien venía desde lejos, despacio, apoyándose en su muleta como desde hacía tantos años. Se llamaba Dolores, le pusieron ese nombre por la virgen y la condenaron a una vida de largas penas y botes de alegría. Por eso le gustaban tanto los animales, por eso llevaba día tras día el vestido negro o la bata de flores, porque no se gastaba un céntimo en lo prescindible. Compraba pienso y salchichas para los gatos y los perros de la calle y se daba largos paseos buscándolos, con una bolsa de tela al hombro y apoyada en la eterna muleta.Y caminaba despacio, muy despacio, porque las piernas ya le dolían mucho, porque ya estaba muy mayor, porque le parecía impensable dar un paso sin su muleta.
Entonces lo oyó. Un gemido, un maullido casi inaudible al que nadie más habría atendido. Venía de detrás de los cubos de basura. Sonaba a gatitos. Estiró el cuello y los vio o los creyó ver, moviendose debajo de una sabanita blanca, dentro de una caja de cartón abierta.
Cómo puede alguien hacer estas cosas, tirar a la basura a unos gatitos que no han hecho daño a nadie. Por eso le gustaban tanto los animales.
Por fin.
Se apoyó con una mano en un coche y se quemó la palma.
Vamos, puta vieja, cógelo ya, llévatelo a tu casa.
Apoyó entonces la espalda y sintió el calor y el sudor aflorar. Despacio, muy despacio, como si fuera a quitar un pelo de un soufflé con una espada, alzo la muleta y.
Cógelo ya, cuando lo veas ya será tuyo y yo podré irme, cuando lo cojas seré de nuevo libre.
Lo vio.
Era un bebé, un bebé humano, desnudo, en mitad de una nube de moscas. Un niño, sucio todavía con sangre y manteca en el cuerpo, con el ombliguito amarrado con un cordón de zapatos.
Porque al principio nos lo íbamos a quedar. Yo quería ver si era una niña, si tenía los ojos azules como mi madre. Pero ella no me dejaba. Yo me lo quería quedar y lo quería coger en brazos, mientras la Juani lo sujetaba y le daba meneones, loca perdida, chillando que no, que no lo quería, que no se veían los ojos ni se veía si era una niña.
Dolores no se podía agachar, era físicamente imposible, miró a su alrededor varias veces, la panadería estaba cerrada, no pasaba un alma, el niño no dejaba de chillar, y ella con su corazón que no dejaba de latir más y más fuerte, con sangre en los oídos, con lágrimas en los ojos, sudando, a punto de desmayarse, preguntándose cómo, cómo.
Y yo le dije que no, que desangrado era una muerte de cerdos y de cabras, que desangrado no, que de otra manera. Le dije que si me lo daba me lo llevaría y a la vuelta le traería un pico. Así la convencí para que me dejase hacerle el nudo con una guita. Cógelo ya, vieja, para que pueda irme.
Había un bar abierto en la acera de enfrente.
Así que lo lió en la sábana, y me lo tiró como a un fardo a los pies de la cama, si es una cama un colchón encontrado y yo pensé que me lo descalabraba, que se iba a caer y a matar así. Me dijo que lo tirara al río, que no lo quería, que le daba asco. Lo decía mientras se iba vaciando de sangre, se le estaba derramando toda, formando un charco con las piernas abiertas.
Un pasito más, un pasito más Dolores y los del bar te ayudarán a cogerlo, ay que niño más lindo, lo chico que es, quién habrá sido, ay y si yo me lo pudiera quedar.
¿Te vas, vieja? ¿Le vas a abandonar?
El camarero y el cocinero salieron corriendo¿Un niño? ¿Qué niño? Ahí no había nada. La policía ni le dio crédito al asunto. Por lo visto una loca de los gatos, una que vivía sola con su marido enfermo había tenido un delirio, se pasaron unas horas más tarde, pero los del bar pudieron decirle poco más que eso.
***
Salió en la televisión unos días después. Lo habían visto llegar flotando unos chavales que trataban no sin éxito emborracharse para pasar la noche a orillas del río. Pensaron que se trataba de una chaqueta de chándal, pero era un niño. Un recién nacido hinchado, amoratado y muerto.
Dolores veía siempre el parte de por las mañanas y luego los cotilleos, una novela y un programa de cocina. Aquella mañana lloraba en el sofá, con la muleta que se le había caído al suelo, mientras su marido enfermo gritaba como un desesperado que quería el orinal.
Esther
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