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miércoles, 21 de marzo de 2012

CESTA - ENAGUAS

Tapo esta cesta que contiene mi corazón con la tela de estas enaguas acostumbradas a sentir frío por fuera y por dentro calor. Eso es lo que quiero yo, que mi corazón arda en los infiernos para que la gente me admire como un ser de mirada gélida, imapsible para el mundo, aunque muera por dentro, son los dos lados de un abismo que debo sufrir hasta el último de mis días. Así he decidido vivir, aparentar no tener sentimiento alguno para luego en soledad despojarme de todo y mostrarme frente al espejo como soy realmente, el ente más atormentado de todos cuantos hay. Lady Ankas

ORUGA - ESPECIADO

Aquello con pinta de oruga desprendía un olor extraño, parecía estar especiado con vete a saber qué. Eso es algo normal si te vas un mes de mochilero por los Andes y los pueblos de la zona, pero no es normal si te lo pone tu hermana por delante diciendo que se ha apuntado a clases de cocina. No creo yo que ese curso para dominar las artes culinarias sea la mejor inversión que mi hermana ha hecho en su vida, pero cualquiera le dice nada con el genio que gasta. Ya la imagino poniendo el grito en el cielo porque no soy una buena hermana y no valoro su esfuerzo Pero no pasa nada, seguro que yo sí le saco rendimiento a aquellas clases de arte dramático que pagué y puedo fingir que la oruga especiada está rica cuando me haga probarla. Yo sí que sé invertir. Lady Ankas

ATAJO - AMIGO

Estaba claro que si quería ser su amigo ése no era el camino y debía encontrar un atajo, el curso iba pasando y yo seguía siendo, prácticamente, un perdedor. Y no hay nada peor que un perdedor cuando lo que realmente quieres es invitar a la jefa de las animadoras al baile de graduación. Por eso debía hacerme amigo de Michael, el chico más popular de todo el instituto. Soborné al chico que tenía la taquilla a su lado, me apunté a su clase de carpintería, incluso quise formar parte del equipo de fútbol. Pero todo eso era en vano, nada conseguía captar su atención hacia mí. Y fueron pasando los días y el destino se confirmó. No llevé a aquella chica al baile, es más, ella fue con Michael, estaba claro. Y yo fui sin pareja. Lady Ankas

miércoles, 7 de marzo de 2012

¡Que estamos muy locas!


¡Que publicamos los ejercicios sin corregir!
Risas a parte, después de este largo paréntesis, que hemos hecho para dedicarnos de pleno a perder el tiempo, volvemos pues lo prometido es deuda.
Aquí está el producto de la improvisación, de un sorteo y un reloj. Sinceramente, esperamos que no sean muy severos en su juicio, señores. A veces, la literatura es una losa, otras un globo y otras, como esta, un juego.


¡Pongan en marcha los relojes!

¡Pasen y vean!

Nobleza - añejo

Se dijo, meneando su copa de coñac añejo, en su enorme mansión, propia de la más alta nobleza, que lo más probable era que en aquel preciso instante, toneladas de plebeyos estuviesen abandonando sus camas tiesas y poniéndose sus camisas raídas para recibir la dosis diaria de disciplina que necesitan.
Miró hacia atrás y ella aún estaba allí, desde la noche anterior, y por fin se iban a dormir.
Se dijo todo esto con una lata de cerveza de Lidl, en un piso que compartía con Cajasol.

Pero estaba de vacacione y ¡qué coño! era un rey.
Esther

Rayo - lana


El rayo de luz cayó directamente sobre ella, y su jersey de lana verde brilló haciendo que todo el mundo la mirase. Ésa era su noche. Lo notaba. Por eso llevaba aquel jersey que ella adoraba, a pesar de que todo el mundo le decía que era anticuado y que estaba lleno de pelotillas. A ella le gustaba, igual que los vaqueros despintados con una mancha de lejía en la pierna izquierda. Había vivido grandes noches con esos vaqueros, eran como una segunda piel cuando salía de fiesta y le daba pena deshacerse de ellos. Era su noche, y ella se había vestido para la ocasión.
Cogió su copa, bebió un trago largo y se soltó el pelo. Dejó la copa en una mesa y salió de la pista de baile, dirigiéndose a la sombra, confundiéndose con la multitud... Su jersey dejó de brillar cuando llegó a la salida.
Pensó que, si ésa era su noche, por qué iba a pasarla rodeada de desconocidos.
Inma

Nube - aroma.

Había una nube de moscas alrededor de su cabeza, todas impacientes, atraídas por el aroma de una idea.
Las pobres se estrangulaban entre los cabellos, desorientadas de hambre como estaban. Fue toda una tragedia para el mundo de las moscas, hubo muchas bajas y centenares de familias de moscas quedaron divididas.

Antes, las moscas acudían a la mierda, pero ahora, con todo el tema de la energía nuclear y las ondas de los teléfonos móviles se han hecho muy grandes, se han puesto boina de artista, copa de absenta y acuden a las ideas. Está realmente de moda: por todas partes venden caretas con trompas con pelo y ojos enormes.
Esther

Bicicleta - cáscaras



Ofrecía un imagen esperpéntica, entre triste y cómica, montada en su bicicleta con sus pendientes hechos de cáscaras de naranja y esa sonrisa siempre inocente.
En la residencia todo el mundo la quería y siempre tenían una palabra amable para ella. La cocinera le preparaba con esmero su plato favorito: tortilla de calamares. (No se atrevía a probar a qué rayos sabía aquello, pero como a ella le gustaba se lo preparaba de vez en cuando). La enfermera le llevaba recortes de revistas, sabía que le gustaba coleccionar fotos de manzanas y de Carmen Sevilla.
En fin, todo el mundo la quería y la cuidaba, aunque ella no lo notaba inmersa en su mundo de fantasía. Pero siempre respondía con una sonrisa cuando alguien le decía: “Mariquilla, ¡qué guapa estás esta mañana!”
Inma.

Campana - patio.

En los rincones más oscuros de este patio,
donde ya no llegan ni el repicar de las campanas, 
solo la sombra y la niebla,
están enterrados los restos
de quienes tuvieron un nombre.

Llevo todo un cementerio a cuestas
en el patio de la cárcel de mi cabeza.
Esther.

Taquicárdico - ceniza.


Se puso taquicárdico el día que se despertó y descubrió que tenía la boca llena de ceniza. Pero entonces decidió que, seguramente, no estaba despierto todavía sino que continuaba soñando. Recordó que alguna vez alguien le dijo que, para comprobar si estaba en un sueño, debía mirarse las manos. Y eso hizo. Eran las mismas manos de siempre, viejas y llenas de arrugas, con las uñas mordidas y los cinco dedos llenos de padrastros.
Decidió salir de la cama para ver qué sucedía, pero todo era normal: las piernas lo aguantaron como siempre, quejándose en las rodillas, y el suelo estaba frío como todas las mañanas.
Inma.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Dos palabras y cinco minutos.

Para este ejercicio hemos probado algo un poco diferente de lo que hemos hecho hasta ahora. Dos palabras elegidas de forma aleatoria, cualquiera que sea el método escogido para obtenerlas, serán el punto de partida de nuestro texto. Bernardo Atxaga, emplea este recurso en uno de los relatos de su libro Obabakoak.

Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos. La gente sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también estaba quemada mi cara; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así me reía de su morbosidad. Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día. Uno de ellos se quemó la cara, pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor. Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia, yo debería hacer lo mismo que él: quemarme la cabeza.
Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico, ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezará con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación menos poética. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amdo en silencio, era feliz cuando le clave este cuchillo en el corazón. Y ahor sólo me queda llorar por mi mala suerte.

Sus palabras de origen eran red y manos. Según Bernardo Atxaga, dos palabras y un reloj que marque cinco minutos son suficientes para crear un relato.

Esto es lo que Gianni Rodari, llama un binomio fantástico. Para que el binomio fantástico funcione completamente las palabras no pueden tener ningún tipo de relación lógica, ni semántica, ni conceptual y preferiblemente representarán conceptos no abstractos.

Pero por si aún quedaba alguna duda sobre nuestra heterodoxia, una vez más, le daremos a este ejercicio nuestro toque personal. Hemos confiado plenamente en el azar y nuestro método de elección fue un dedo a ciegas por las páginas de un diccionario.

Se otorga a los escritores toda la libertad del mundo en cuanto a forma y temática. Es decir, podéis escribir un poema, un ensayo, un texto en prosa, una escena dramática, un texto periodístico... lo que quiera que vuestra inspiración os traiga a la cabeza. La única condición es que la primera frase de vuestro texto debe contener las dos palabras que os hayan tocado.
Ahora es vuestro turno.