Mentiría si dijese que me acostumbré a esa sombra, que llegué a aceptar su presencia.
Los muebles de mi habitación sí parecían haberse acostumbrado, y la trataban como a una más, como a una de ellos. Como si siempre hubiese formado parte de nuestra pequeña familia. Ya ni siquiera la cama se asustaba por las mañanas cuando la veía ahí plantada, justo a sus pies, respirando mis sueños. El armario todavía refunfuñaba de vez en cuando y murmuraba algo acerca de que esta habitación ya no es lo que era. Pero todos parecían haberse adaptado a esta nueva compañera; todos menos yo.
Me sentía como si yo fuese la extraña, como si nada de aquello me perteneciese, como si todo me fuese ajeno o desconocido. Ya ni siquiera podía leer, la sombra se situaba junto a mí y leía sobre mi hombro. Criticaba mis libros. Pensaba que las novelas llenan las mentes de ideas extrañas, que sólo debería leer poemas... Se sentaba a mi lado y me preguntaba cuándo volvería a escribir; yo simulaba que no la escuchaba, como si estuviese tan entregada a la lectura que nada pudiese desenterrarme de los límites de la fantasía, arrancarme de esos mundos imaginarios donde no existía la sombra. Pero claro que la escuchaba, no podía leer ni una frase completa con esa inquietante presencia en mi espalda.
De vez en cuando pasaba una página para no levantar sospecha.
Hace cinco días decidí probar una táctica nueva y reconocer su presencia desde primera hora de la mañana. Cuando me desperté, me senté junto a ella, a los pies de la cama, a observar el hueco vacío de mi cuerpo en el colchón. Ella me miraba: no parecía extrañada, sino triste. Y así nos pasamos todo el día, la sombra y yo, contemplando vacío y quietud en mi dormitorio.
Al día siguiente lo mismo, cuando desperté me senté junto a ella, a los pies de la cama a guardar el vacío, mientras la sombra me observaba a mí... Y esta vez, estoy segura, su cara era de tristeza.
Al tercer día, cuando me senté junto a ella, ya no me observaba. Junto a mí, hombro con hombro, comenzó también a observar el vacío.
Ayer ni siquiera me miró de reojo, estaba absorta, contemplando. Cuando me senté junto a ella descubrí con horror que había alguien en mi cama. Me acerqué y vi mi cuerpo dormido, abrazando la almohada. Pensé que estaba soñando, este asunto de la sombra me había afectado demasiado; y decidí volver a la cama. Cuando me acosté, el cuerpo, mi cuerpo, se movió asustado y me miró con cara de sorpresa y pánico. Pero se levantó y se vistió, ignorándome, como si yo fuese una sombra.
Ahora por las tardes me siento junto al cuerpo, junto a mi cuerpo, mientras éste lee, o finge leer, y le pregunto: ¿cuándo volverás a escribir otro poema?.
Inma
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