Kurt Cobain escribió una carta de amor a su mujer antes de suicidarse, igual que Virginia Woolf que se la escribió a su marido. Van Gogh dejó una nota de rabia y pena, pero a Larra no le dio tiempo.
Pasó todo muy rápido. Viéndolas alejarse – delante Dolores, su cuñada detrás – supo que tenía al menos una docena de pasos para detenerla. Arrojarse a sus plantas, poner el oído sobre su vientre preñado, rendirse, confesarse y aceptar la penitencia. Pero pasaron en un parpadeo. Su cuñada cerró, apresurada y con un último vistazo frío y amenazador, antes de que él alcanzase el pomo.
El portazo levantó una corriente que le tocó el pelo...
y que olía como Dolores.
Se quedó de rodillas unos segundos más, escuchando los cuatro taconcitos de los zapatos bajando los escalones hasta el segundo piso. Pero los de ella repiqueteaban diferente. Después salieron del número tres y subieron al coche. Dejó la cabeza caer sobre el pecho: allí,como una marioneta arrojada, yacía un hombre sin esperanzas.
La sangre se le bajó toda a las piernas y se puso en pie. Un pelele destartalado revolviendo cajones, sacando una pistola, ayudándose con los dedos de una mano a meter los de la otra en el gatillo. Un pelele temblón y siniestro derramándose por las tablas de madera de su domicilio en la calle Santa Clara.
Más tarde, Adelita, su niña pequeña, abrió la puerta para dar las buenas noches. Al día siguiente, la casera tuvo que agacharse para limpiar las huellas ensangrentadas de sus zapatitos, que huyeron despavoridas del monstruo con la cabeza machacada que había en el suelo de la habitación de papá.
Esther
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