lunes, 12 de diciembre de 2011

Dos palabras y cinco minutos.

Para este ejercicio hemos probado algo un poco diferente de lo que hemos hecho hasta ahora. Dos palabras elegidas de forma aleatoria, cualquiera que sea el método escogido para obtenerlas, serán el punto de partida de nuestro texto. Bernardo Atxaga, emplea este recurso en uno de los relatos de su libro Obabakoak.

Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos. La gente sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también estaba quemada mi cara; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así me reía de su morbosidad. Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día. Uno de ellos se quemó la cara, pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor. Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia, yo debería hacer lo mismo que él: quemarme la cabeza.
Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico, ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezará con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación menos poética. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amdo en silencio, era feliz cuando le clave este cuchillo en el corazón. Y ahor sólo me queda llorar por mi mala suerte.

Sus palabras de origen eran red y manos. Según Bernardo Atxaga, dos palabras y un reloj que marque cinco minutos son suficientes para crear un relato.

Esto es lo que Gianni Rodari, llama un binomio fantástico. Para que el binomio fantástico funcione completamente las palabras no pueden tener ningún tipo de relación lógica, ni semántica, ni conceptual y preferiblemente representarán conceptos no abstractos.

Pero por si aún quedaba alguna duda sobre nuestra heterodoxia, una vez más, le daremos a este ejercicio nuestro toque personal. Hemos confiado plenamente en el azar y nuestro método de elección fue un dedo a ciegas por las páginas de un diccionario.

Se otorga a los escritores toda la libertad del mundo en cuanto a forma y temática. Es decir, podéis escribir un poema, un ensayo, un texto en prosa, una escena dramática, un texto periodístico... lo que quiera que vuestra inspiración os traiga a la cabeza. La única condición es que la primera frase de vuestro texto debe contener las dos palabras que os hayan tocado.
Ahora es vuestro turno. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario