Se puso taquicárdico el día que se despertó y descubrió que tenía la boca llena de ceniza. Pero entonces decidió que, seguramente, no estaba despierto todavía sino que continuaba soñando. Recordó que alguna vez alguien le dijo que, para comprobar si estaba en un sueño, debía mirarse las manos. Y eso hizo. Eran las mismas manos de siempre, viejas y llenas de arrugas, con las uñas mordidas y los cinco dedos llenos de padrastros.
Decidió salir de la cama para ver qué sucedía, pero todo era normal: las piernas lo aguantaron como siempre, quejándose en las rodillas, y el suelo estaba frío como todas las mañanas.
Inma.
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