La directora estaba enterada de que las enfermeras permitían que algunas internas eligiesen una canción para oír en la sala de descanso. Por lo demás las normas eran inflexibles y las celadoras se encargaban de que se cumpliese por la fuerza lo que de buen grado no quería hacerse. A las siete se servía la cena y a las nueve invariablemente se apagaban las luces hasta las seis de la mañana. En aquel laberíntico amasijo de pasillos oscuros y pabellones húmedos, se oían quejidos y lamentos que viajaban de una habitación a otra, propagándose como una enfermedad por aquellos cuerpos ya consumidos por la locura.
Solo el pabellón C escapaba a esta rutina. En él no había música ni se apagaban las luces. En el pabellón C, que ocupaba tan solo Marie Chatouilles, no había invierno ni verano, madrugada ni amanecer. Tan solo un reloj de pared que escupía su incesante tic tac y un cuerpo envuelto en vendas que no podía moverse ni tan siquiera articular sonido.
Pronto se extendió el sobrenombre de la Momia para ella. Hacía meses había llegado con pocas perspectivas de sobrevivir: primero se encontraron los pedazos de los cuerpos de las tres compañeras de internado a las que había desnudado, asesinado y descuartizado y por último a ella, que se había acuchillado con sadismo el rostro y los brazos y por último se había prendido fuego echándose encima el aceite de una lamparilla.
Durante las curas, su único ojo salvo podía ver los rostros compungidos de las enfermeras más expertas y en ellos el reflejo de los metros y metros de vendas ensangrentadas y cubiertas de pus. Todos se preguntaban cómo era posible que la Momia continuase aún con vida. A veces, repugnadas y llenas de odio le decían:
- - Nunca, monstruo maldito , acudirás a un baile, ni te casarás y tendrás hijos. Nunca tendrás un amante que te erice la piel de la espalda y por supuesto que jamás volverás a ver una puesta de sol en el mar. Todo cuanto te espera, Momia asquerosa, está en esta habitación.
El resto de su tiempo en silenciosa e iluminada soledad, se miraba en un espejo que la directora había hecho colocar en el techo, sobre su cama. Tic, nunca más el trazo uniforme de una pluma nueva de cumpleaños. Tac, para siempre su reflejo mutilado. Tic, nunca una mano cariñosa en su hombro. Tac, para siempre a la espera de una muerte que se había olvidado de ella.
Lentamente, pasaba un día sin noche tras otro y se preguntaba, cuántos años tendré ya, cuántos años me quedarán todavía. Y como por dentro apenas tenía dieciséis, recordaba sin poder ya llorar por ellas, las excursiones del internado a la ciudad y al mar y con ellas a la silueta esbelta y siniestra que encontraron sus amigas y ella después de desobedecer la orden de no alejarse. Con aquel largo sombrero negro y la cara blanca y después se volvía todo rojo.
La visión de una habitación llena de vísceras, en las paredes y el techo, le atravesó el corazón y cerró su ojo sano como si con ello pudiese ignorarla. Sabía que aquella era la noche en que debía haber muerto y que como no lo hizo, la muerte se olvidó de ella.
Tic, y nunca más una palabra con la que poder defender su inocencia. Tac, ni unas piernas fuertes para huir de su tormento. Y el reloj calló.
La Momia se quedó sola en su habitación con luz perpetua, donde solo se oía su dificultosa respiración, con la vista clavada en el espejo del techo.
Esther