Bien, si seguís este blog vereis que en la actualización anterior proponíamos una adivinanza, y he aquí la respuesta: Baudelaire.
Y es que en este ejercicio propusimos imitar el estilo simbolista de los grandes, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe... ya fuera el estilo, la temática, o lo que nos sugiriera la palabra y definición de 'simbolismo'.
Es por ello que aquí dejamos una breve definición:
El Simbolismo fue uno de los movimientos artísticos más importantes de finales del siglo XIX, originado en Francia y en Bélgica. En un manifiesto literario, publicado en 1886, Jean Moréas definió este nuevo estilo como «enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva». Para los simbolistas, el mundo es un misterio por descifrar, y el poeta debe para ello trazar las correspondencias ocultas que unen los objetos sensibles (por ejemplo, Rimbaud establece una correspondencia entre las vocales y los colores en su soneto Vocales). Para ello es esencial el uso de la sinestesia.
El movimiento tiene sus orígenes en Las flores del mal, libro emblema de Charles Baudelaire. Los escritos de Edgar Allan Poe, a quien Baudelaire apreciaba en gran medida, influyeron también decisivamente en el movimiento, proporcionándole la mayoría de imágenes y figuras literarias que utilizaría. La estética del Simbolismo fue desarrollada por Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine en la década de 1870. Para 1880, el movimiento había atraído toda una generación de jóvenes escritores cansados de los movimientos realistas.
Y además os regalamos un par de enlaces muy, pero que muy interesantes:
- Pequeños poemas en prosa, Charles Baudelaire:
http://www.busateo.es/busateo/Libros-inmortales/BAUDELAIRE%20CHARLES%20-%20Peque%C3%B1os%20poemas%20en%20prosa/get_file.pdf
- Libros varios de Edgar Allan Poe:
http://libros.astalaweb.com/Descargas/indexAme.asp
Próximamente subiremos nuestros relatos simbolistas. ¡Sed pacientes pequeños!
martes, 18 de octubre de 2011
lunes, 10 de octubre de 2011
Adivina adivinanza
Aquí dejamos una pista sobre el próximo ejercicio que tenemos que hacer... a ver si sois capaces de ponerle nombre a esta persona, y entonces sabréis de qué vamos a escribir en los próximos días.

¿Lo sabes ya?
sábado, 8 de octubre de 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
Segundo ejercicio: Final tremendista
Por fin estamos aquí para deleitaros con nuestros relatos. He de deciros que, sin haberlo estipulado como un requisito, las tres integrantes del taller de escritura nos hemos decantado por un personaje, 'la Gorda', basada en Doña Rosa, de la novela de Camilo José Cela 'La Colmena', y es que se ve que la Gorda da para mucho jeje. Esperamos que os guste.
SIN TÍTULO
Lo sabía. Aquella mujer sucia y gorda ya lo sabía, y sólo había una manera de que se hubiese enterado. Sólo mi madre podía habérselo dicho. Esa borracha era capaz de vender a su propio hijo por un poco de vino.
Nunca debí confiar en ella.
Ahora mi cabeza tenía un precio, eso lo entendía hasta yo con mis doce años. Hasta la Chispa lo entendía, la pobre me miraba con cara de terror y buscaba mi mano con su cabeza, esperando una caricia de ánimo o de consuelo. ¿Quién va a cuidar ahora de ti, Chispa?, pensé mientras la apartaba de mi lado. Esa perra había estado conmigo desde que podía recordar, sólo yo le daba algo de comer de vez en cuando, sólo yo evitaba que los otros niños de la calle me la apedreasen como una vulgar rata, sólo yo había estado para ella y sólo ella había estado para mí.
Al final la acerqué y le di las caricias que buscaba, sentí como se relajaba y dejaba de temblar bajo mi mano.
Así estuve, escondido con la Chispa, hasta que cayó la noche.
Sabía que era arriesgado salir y dejarme ver, pero tampoco podía quedarme allí escondido eternamente.
Fui primero a mi casa, necesitaba hablar con mi madre, saber qué le había contado a la Paca, cuánto sabía aquella mujer que debía andar buscándome hasta en el infierno para cerrarme la boca.
¿Sería capaz de convencerla de que yo no iba a decir nada? No lo había dicho antes ni pensaba hacerlo ahora. Total, a quién se lo iba a contar, ¿a la policía?. Yo no me acerco a ésos ni por dinero. Pero, ¿me creería la Paca?.
Cómo podía haber dejado mi madre la suerte de su hijo en manos de una mujer tan mezquina como ésa. Mi madre sabía lo que era capaz de hacer con sus propias manos, yo mismo se lo había contado. Todavía me arrepiento de la mala hora en que se lo dije. Ella no había bebido y estaba muy cariñosa conmigo y yo, tonto infeliz, me dejé llevar por la ilusión de tener por fin una madre y le confié el secreto que no le había contado a nadie. Y ahora, por su culpa , estaba bien jodido.
Las luces de mi casa estaban encendidas, decidí entrar por la puerta de atrás para que no me tomasen por sorpresa en el caso de que hubiese alguien allí esperándome. Tuve que sujetar a la Chispa para que no saliese corriendo a meterse bajo mi cama. Siempre se escondía allí cuando estábamos en casa porque mi madre había desarrollado una destreza sorprendente en el lanzamiento de objetos pesados contra la pobre perra. Era digno de admirar, si no fuese por la cara de tristeza e incomprensión de la Chispa, como mi madre, que casi no se podía tener en pie, iba acertando el blanco con cada nuevo lanzamiento.
Sin embargo fueron en vanos todas las precauciones. En la casa no había nadie, sólo el cuerpo inconsciente de mi madre tirado en el suelo, revolcándose en sus miserias. Me dio pena verla así. Bueno, no sé si fue pena, sólo que noté algo que crujía dentro de mí.
Al ver a mi madre así llegué a la terrible conclusión de que estaba solo. Nadie iba a hacer nada por mí. Sólo podía confiar en mí mismo para cuidarme las espaldas. Y entonces tomé la decisión de ser yo quien buscase a la paca, enfrentarla y hablar con ella claramente, cara a cara, de niño (que dejaba de serñlo) a mujer-mostruo.
Dejé a la Chispa en el suelo, tuve que alejarla con una patada del cuerpo de mi madre para que no se comiese sus inmundicias. ¡Qué hambre tenía la pobre!. Se metió debajo de la cama y allí la dejé cuando salí en busca de mi destino. No sabía que ésa era la última vez que la vería con vida.
Llegué a la taberna que regentaba la gorda, eché una ojeada y, cuando la encontré, me acerqué a ella sin apartar un segundo la mirada de sus ojos sibilinos, los ojos más vacíos que había visto hasta entonces.
Hoy sé que la decisión que tomé en aquel momento me salvó la vida. Si no hubiese ido a buscarla hoy estaría bajo tierra con la boca llena de gusanos... pero con las manos limpias. El día de mañana, cuando me muera o me maten, me llevaré a la tumba las manos manchadas de sangre y el recuerdo de una lágrima.
Y todo por culpa de la Paca, o de mi madre, o incluso mía, qué se yo y qué importa ya..
La solución de la paca fue muy inteligente. En lugar de matarme para evitar que alguien conociera su secreto, decidió convertirme en uno de los suyos, ganarse mi fidelidad y mi silencio a cambio de un futuro.
Quizás hubiese sido mejor que me hubiese matado Con mi valentía al decidir enfrentar a la Paca logré salvar la vida, pero se convirtió en una vida de mierda. Ya ni siquiera recuerdo los nombres de todas aquellas personas cuyas vidas acabé con mis manos, algunos nunca llegué a saberlos. Pero, entre todas, hay una víctima inocente que es la que más me duele. Mi primera víctima, la Chispa. Aunque mi cuchillo nunca tocó su carne sé que fui yo el culpable de su muerte.
Cuando volví a mi casa después de llegar a un acuerdo con la Paca, mi madre seguía tirada en el suelo durmiendo la borrachera, pero la Chispa se había ido. Me la encontré días después tirada en la calle, no sé cómo pude reconocerla entre tanta sangre. Al final los niños habían saciado su sed de sangre a pedradas con mi pobre Chispa. Ni que decir tiene que busqué a los culpables e hice que se arrepintieran para el resto de sus vidas de lo que le habían hecho a mi pobre amiga. Pero esa venganza no pudo aplacar mis remordimientos porque, todavía hoy, lo último que veo antes de dormirme es la cara de la Chispa cubierta de sangre, cruzada por una lágrima que sabía que yo había provocado.
Inma
EXTRACTO DE 'EL ERIZO COLÉRICO'
La Gorda entró en el salón y se sentía la tensión entre los dos hermanos. José nunca la había soportado y eso lo sabían todos, hasta ella, pero no era algo que le importase mucho, ella lo odiaba con todas sus fuerzas. Cuando él nació, pasó de ser la 'peloti' a ser la Gorda, y todo por aquel enano que le robó el protagonismo en sus años de infancia.
Tal era la tensión que José, nada más ver aquel brillo de malicia en los ojos de la gorda, supo que venía a tocar las narices y automáticamente se levantó y se fue a la cocina para evitar otro enfrentamiento.
- ¿A dónde vas enano? El nombre te viene que ni pintado, enano, ¡ja! Todo lo tienes enano, la estatura, la cabeza, el nabo...
“Pff” pensó, “ni en mi puta casa puedo estar tranquilo con la mierda niña ésta”.
- ¿Qué dices, gorda? Que mira que estás gorda, que te comes dos ollas de potaje y encimas pides postre. Además, ¿qué sabrás tú cómo la tengo? Es más, sabrás tú cómo es una polla si no se te arriman ni los borrachos...
La Gorda se sintió ofendida y pasó directa al ataque.
- ¿Sabes? Ayer estuve con tu Carmencita...
José tomó aire y cogió un vaso de cristal, mientras lo llenaba con el agua del grifo escuchó tras sí
- Pobre Carmen, la tienes tan pequeña que está ya desesperada... Tiene que meterse de todo para tener orgasmos... (y empezó a gemir) aahh... aahh... sí... ¿te suena? Así es como los finge.
Agarró el vaso con fuerza mientras tragaba saliva, por fin dijo:
- Tú qué coño sabes, si no has tenido ocasión ni de fingir orgasmos...
- Sí, Sí... (se notaba el rencor en la voz de la Gorda), pero a mí al menos no me engaña mi novia.
- ¿Qué?
- Y no la culpo, yo habría hecho lo mismo, si te digo la verdad... ¡sorpresa! Fui yo.
José se dio la vuelta extrañado
- Eeeehhhh ¿cómo dices?
- Qué coñito más rico, saladito, jugoso...
- No, es mentira.
- ¿Por qué no le preguntas a ella? Seguro que te sorprenderás.
- No es verdad, no te creo.
José notó cómo se le aceleraba el ritmo cardiaco
>>De repente estaba en el sofá viendo la tele, tenía 9 años. La Gorda llegó y gritó “quita enano”, cogió el mando a distancia y le dio una patada lanzándolo fuera del sofá.
- Todavía me huelen los dedos a coñito (se olió la mano) mmm coñito de Carmen, casi puedo saborearlo de nuevo.
>>Ahora tenía 11 años, ella tenía un pastel en la mano, le dijo “¿quieres un poco?” y cuando él sonrió ella se lo estampó en la cara diciendo “traga enano de mierda, ojalá te mueras”.
Parecía que el corazón se le iba a salir por la boca, los ojos empezaban a parpadear de manera alterna, como cada vez que le empezaba un tic nervioso, y la mano le sudaba tanto que el vaso de cristal cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
- ¡Ja! Me encanta (dijo saliendo de la cocina), no sólo tu novia se acuesta conmigo sino que además verás la que te cae cuando llegue mamá y vea que el mierda del enano se ha cargado un vaso de cristal de los buenos (empezó a reirse), avísame cuando llegue que no me quiero perder lo patético que eres.
>>Se encontraba delante del microondas, viendo como su muñeco de acción favorito se derretía gracias a su hermana que no paraba de reir a carcajadas regozijándose en las lágrimas del pequeño enano de 7 años.
No pudo más, fue un acto casi instintivo, no se le cruzó nada por la mente, simplemente abrió el cajón de los cubiertos para coger el cuchillo grande, el de cortar las cebollas, y con él en la mano se dio la vuelta en búsqueda de aquella libertad que anhelaba desde la cuna, realmente no sabía que la amaba, la sensación de no tener detrás a quien no le dejaba disfrutar de nada, no sabía que la amaba hasta aquel preciso instante. Y fue a por la que le había amargado toda la existencia.
Con paso firme, no le temblaban los andares, ni el pulso, ni siquiera en sus ojos parecía apreciarse ya ese tic que minutos antes le estaba dando problemas. Se iba acercando hasta que ya estaba tras la espalda de la gorda, cuchillo en alto.
“El segundo más delicioso de mi mierda de vida, ojalá se prolongase eternamente en el tiempo, creo que podría ser capaz de correrme de un momento a otro”.
Ella notó el aliento cálido en la nuca y se volvió. Sus ojos lo reflejaron todo, el pánico, jamás pensó que el enano se rebelase.
No podría José describir lo que sintió, lo que sí podría decir es que fue muy placentero, por primera vez era la Gorda la débil de los dos, la que parecía estar rezándole a un dios al que, si de verdad la rendía pleitesía, no se lo demostraba lo a menudo que debiera. Había miedo en sus ojos. Auténtico miedo. Y a José le gustaba.
Bajó fulminante la trayectoria del cuchillo y unas palabras surcaron su pensamiento “sé que tú hermana es complicada, pero en el fondo te quiere, eres su hermano y el día de mañana serás tú quien cuide de ella”. Fue la imagen de su santa madre, con su cara angelical, que años atrás le rogó que siempre protegiera a la Gorda. Pero ya era demasiado tarde, el cuchillo estaba clavado y notaba cómo la sangre fluía, manchándole la camisa, a borbotones.
Empezó a reirse y entonces vio su sonrisa reflejada en la cara de ella, también estaba sonriendo. “¿Esto cómo va a ser?” Miró hacia la cintura de la gorda y vio sangre, sí, pero sangre contagiada de otro cuerpo, el suyo propio, que aparecía rajado por el arma que pretendía ser homicida y no suicida. Qué contrariedad, quién sabe si fueron las palabras de su madre las que intervinieron o si fue la propia torpeza debido al nerviosismo del enano, el caso es que el cazador fue cazado.
Sintió ganas de vomitar hasta la primera papilla, mareos, temblores, el cuerpo de José no podía mantenerse más en pie y las rodillas se doblaron obedeciendo a un instinto natural, José quería desplomarse, y lo hizo.
Entre las rajas de los ojos abiertos pudo ver la imagen de su hermana, que con sumo cuidado extraía el cuchillo.
Había entonces nada, vacío.
Haciendo un esfuerzo extremo abrió de nuevo los ojos, agonizantes, y pudo ver la imagen de su hermana, con el cuchillo en la mano, empuñado.
Sintió una punzada. Y luego otra. Y otra más.
Los sentidos ausentes le nublaban la consciencia.
Quiso despedirse de su hermana y llevarse consigo la última imagen de ésta, abrió los ojos como pudo y allí la tenía, frente a él, de rodillas, gritando como una posesa “¡Por fin enano de mierda! ¡Pero no te daré el gusto de matarte tú sólo! ¡Seré yo quien acabe con tu puñetera vida asqueroso!”... volvieron las punzadas, y entonces observó las manos manchadas de sangre de su hermana. Sangre salpicándole la cara. Una sonrisa diabólica. Placer en los ojos de ella.
Sintió la última punzada.
Vacío.
Lady Ankas
El primogénito.
Sudando, pasó corriendo una mujer gorda, que se limpiaba los chorretones de sudor de la cara con la mano y tiró el manoseado pañuelo de papel cerca de los cubos, pero ni siquiera se molestó en mirar donde caía. Detrás, con la misma prisa, una madre vieja y primeriza, con su hijo en la sillita. Le regañaba por el juego nuevo que había descubierto, quitarse los zapatos y arrojarlos para que se los recogieran del suelo. No se acercó a los contenedores.
La siguieron unos minutos después dos alumnas de la escuela francesa. Se reían de forma escandalosa, mientras sus faldas tableadas iban arriba y abajo con cada paso. Se quejaron de la peste de la basura; no se acercaron.
Nadie se acercaba, excepto la muerte, el calor. Eran las tres de la tarde, pronto no habría un alma en la calle. Todos huían del sol en lo más alto, de la asfixia, del agotamiento. Todos tenían una casa a la que volver, un plato en la mesa, al menos un techo, una sombra o unas piernas para buscarla. Nadie se paraba a pensar que allí, tan cerca, hubiese alguien cuyas piernas aún no le pertenecieran, alguien que no poseyera esa casa, ese plato, ese refugio. Alguien completamente desposeído.
Alguien venía desde lejos, despacio, apoyándose en su muleta como desde hacía tantos años. Se llamaba Dolores, le pusieron ese nombre por la virgen y la condenaron a una vida de largas penas y botes de alegría. Por eso le gustaban tanto los animales, por eso llevaba día tras día el vestido negro o la bata de flores, porque no se gastaba un céntimo en lo prescindible. Compraba pienso y salchichas para los gatos y los perros de la calle y se daba largos paseos buscándolos, con una bolsa de tela al hombro y apoyada en la eterna muleta.Y caminaba despacio, muy despacio, porque las piernas ya le dolían mucho, porque ya estaba muy mayor, porque le parecía impensable dar un paso sin su muleta.
Entonces lo oyó. Un gemido, un maullido casi inaudible al que nadie más habría atendido. Venía de detrás de los cubos de basura. Sonaba a gatitos. Estiró el cuello y los vio o los creyó ver, moviendose debajo de una sabanita blanca, dentro de una caja de cartón abierta.
Cómo puede alguien hacer estas cosas, tirar a la basura a unos gatitos que no han hecho daño a nadie. Por eso le gustaban tanto los animales.
Por fin.
Se apoyó con una mano en un coche y se quemó la palma.
Vamos, puta vieja, cógelo ya, llévatelo a tu casa.
Apoyó entonces la espalda y sintió el calor y el sudor aflorar. Despacio, muy despacio, como si fuera a quitar un pelo de un soufflé con una espada, alzo la muleta y.
Cógelo ya, cuando lo veas ya será tuyo y yo podré irme, cuando lo cojas seré de nuevo libre.
Lo vio.
Era un bebé, un bebé humano, desnudo, en mitad de una nube de moscas. Un niño, sucio todavía con sangre y manteca en el cuerpo, con el ombliguito amarrado con un cordón de zapatos.
Porque al principio nos lo íbamos a quedar. Yo quería ver si era una niña, si tenía los ojos azules como mi madre. Pero ella no me dejaba. Yo me lo quería quedar y lo quería coger en brazos, mientras la Juani lo sujetaba y le daba meneones, loca perdida, chillando que no, que no lo quería, que no se veían los ojos ni se veía si era una niña.
Dolores no se podía agachar, era físicamente imposible, miró a su alrededor varias veces, la panadería estaba cerrada, no pasaba un alma, el niño no dejaba de chillar, y ella con su corazón que no dejaba de latir más y más fuerte, con sangre en los oídos, con lágrimas en los ojos, sudando, a punto de desmayarse, preguntándose cómo, cómo.
Y yo le dije que no, que desangrado era una muerte de cerdos y de cabras, que desangrado no, que de otra manera. Le dije que si me lo daba me lo llevaría y a la vuelta le traería un pico. Así la convencí para que me dejase hacerle el nudo con una guita. Cógelo ya, vieja, para que pueda irme.
Había un bar abierto en la acera de enfrente.
Así que lo lió en la sábana, y me lo tiró como a un fardo a los pies de la cama, si es una cama un colchón encontrado y yo pensé que me lo descalabraba, que se iba a caer y a matar así. Me dijo que lo tirara al río, que no lo quería, que le daba asco. Lo decía mientras se iba vaciando de sangre, se le estaba derramando toda, formando un charco con las piernas abiertas.
Un pasito más, un pasito más Dolores y los del bar te ayudarán a cogerlo, ay que niño más lindo, lo chico que es, quién habrá sido, ay y si yo me lo pudiera quedar.
¿Te vas, vieja? ¿Le vas a abandonar?
El camarero y el cocinero salieron corriendo¿Un niño? ¿Qué niño? Ahí no había nada. La policía ni le dio crédito al asunto. Por lo visto una loca de los gatos, una que vivía sola con su marido enfermo había tenido un delirio, se pasaron unas horas más tarde, pero los del bar pudieron decirle poco más que eso.
***
Salió en la televisión unos días después. Lo habían visto llegar flotando unos chavales que trataban no sin éxito emborracharse para pasar la noche a orillas del río. Pensaron que se trataba de una chaqueta de chándal, pero era un niño. Un recién nacido hinchado, amoratado y muerto.
Dolores veía siempre el parte de por las mañanas y luego los cotilleos, una novela y un programa de cocina. Aquella mañana lloraba en el sofá, con la muleta que se le había caído al suelo, mientras su marido enfermo gritaba como un desesperado que quería el orinal.
Esther
jueves, 15 de septiembre de 2011
Tremenda inspiración.
Para el segundo trabajo de escritura hemos elegido como inspiración el tremendismo. Dedicaremos esta entrada a explicaros muy brevemente algunas de las características del género.
Aparece en la novela, durante la primera década de posguerra española, en un marco oscuro que lo impregna todo. Son tres en los elementos más destacables: el argumento, la expresión y los personajes. En los tres casos destacan la brutalidad, la violencia, los defectos. Podría decirse que el tremendismo es la literatura de la vida, de la parte fea de la vida.
Sugerimos para un acercamiento más profundo la primera obra, y quizás la más significativa del tremendismo: "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. A continuación os dejamos un enlace donde podeis leer la obra online, aunque como siempre recomendamos el formato tradicional, el libro de toda la vida.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Primer ejercicio: escena de drama lorquiano
Y por fin, con mucha ilusión, presentamos el primer ejercicio de nuestro taller de escritura: dramas lorquianos. No hemos sido excesivamente estrictas al respecto, el tema se trató simplemente de un punto de partida, a mercer de nuestra imaginación y como siempre de nuestros deseos más profundos. Se trata de nuestro pequeño homenaje a Lorca, a raíz del 75 aniversario de su asesinato.
Así que, sin más preámbulos os dejamos nuestras escenitas de drama lorquiano y esperamos que os gusten. Una vez más, pasen y vean.
HISTORIA COTIDIANA DE LA TRISTEZA
Drama lorquiano en una escena y un epílogo.
Personajes
La madre
La hija
La novia
Escena primera
Un tono rojo sangre tiñe el frescor de la madrugada. A lo lejos se escucha el canto de un gallo, el primer canto de la mañana. En la humilde casa de nuestras protagonistas un fuerte olor a café impregna el ambiente.
Mirando el infinito que se asoma a la ventana y sentada frente a una taza de café que no bebe, una joven intenta fundir la memoria y el olvido. Aparece en la sala otra mujer, mayor, vestida con un traje de luto que esconde un corazón reseco a fuerza de disgustos y desesperanzas. La mujer mira a su hija y calla.
HIJA: Hoy es el día, madre.
MADRE: Sí, hoy es el día. Anda y sírveme una taza de café. ( Breve silencio) ¿Llevas toda la noche despierta?
HIJA: Creo que me he llevado toda la vida dormida, madre, soñando con algo... algo que...
MADRE: ¡Ya calla, niña! Y si te vas a echar otra vez a llorar mejor te sales fuera y así al menos me riegas los geranios, que buena falta les hace.
La chica mira a la madre, sin asombro, ni rencor ni tristeza. La mira con ojos vacíos porque ya no es capaz de sentir nada.
Se levanta y va a servirle la taza de café a la mujer.
MADRE: Siempre te advertí que esto iba a acabar mal. Los pobres no tenemos derecho a tener sueños, nos acostamos con la espalda tan... y los pies y las manos tan... Nos acostamos tan cansados que las fuerzas ni para soñar nos dan.
HIJA: No se puede aprender en cabeza ajena, madre.
MADRE: ¡Pues hay que ser bruto para dejar que te rompan el alma cuando ya te habían advertido! Así nos va, no me extrañaría que cualquier día en vez de un burro pongan a un pobre para tirar del carro de los señores. ¡Hay que ser bruto!
HIJA: No hable así, madre, por favor. No me hable usted así que tengo ganas de morirme.
MADRE: ¿Ganas de morirte? ¡Claro! ¡Y dejarme aquí sola con todo el trabajo y el frío de las noches! Deja de decir tonterías y prepárate, nos necesitan en la casa del señor y no quisiera llegar tarde.
HIJA: ¡Madre, por favor! No me haga ir allí. Por Dios se lo suplico, no me obligue a entrar hoy en esa casa. No podría soportarlo, creo que me moriría.
MADRE: Pues si no quieres trabajar mejor que te mueras, porque a ver si no de qué ibas a comer. Aquí tienes un cuchillo, haz lo que te de la gana con él. Pero, si no vas a morirte, te recomiendo que te des prisa. Ya asoma el sol y tengo que tenerles preparado el desayuno a los señores... ¿Qué vas a hacer?
La muchacha suelta el cuchillo sobre la mesa y sale de la casa con su madre.
Epílogo
En mitad de la noche, las estrellas en el cielo despiden brillos escarlatas mientras la madre ronca ruidosamente, bien arropada en su cama.
En la casa de los señores, una hermosa joven, de cabellos negros y camisón níveo, espera intranquila, en el lecho nupcial, la llegada del novio que se retrasa.
Mientras tanto, la joven, hija de la mujer que ronca ajena a todo, camina lentamente hacia su casa, tropezando con los obstáculos que la oscuridad esconde, intentando contener con su pañuelo la sangre que resbala por sus muslos.
- Inma
Sin título
La tarde es oscura. Parece que va a llover. En el interior de la casa, Luisa está en la cocina, sentada, pelando patatas para la cena con un cuchillo afilado hace tres días. Mientras, conversa con su madre, que lleva puesto sobre los hombros un mantón de lana gruesa de un color oscuro. Entra Jacobo y se sienta junto a su mujer y a la abuela.
Jacobo: Tú, mujer, sírveme un vaso de vino.
Luisa se levanta sin demora, dejando a un lado la patata a medio pelar, y va hasta la despensa donde guardan la vasija de vino y lo llena, pero no hasta arriba. Sabe lo que pasa cuando a Jacobo se le va la mano con el vino. Mientras regresa a la mesa con el vaso en la mano le pregunta
Luisa: ¿Fuíste a casa de la Pura? (se sienta, le da el vaso y se santigua). ¡Qué dolor más grande! Perder así a una inocente criatura.
Jacobo: De inocente nada, que la Purita era de lo más casquivano que había en el pueblo. Se veía venir que algo así pasaría antes o después. A saber con cuántos zagales se hablaba.
Luisa: Jacobo por Dios (se santigua de nuevo), no hables así de los muertos, desde luego, qué corazón más negro el tuyo.
Retoma la tarea de pelar las patatas.
Abuela: Niña, hay que ver lo que se parece Paco a su padre.
Luisa: ¿De qué Paco me habla, madre?
Abuela: De tu sobrino, de quién va a ser.
Luisa: Usted siempre le llamó Francisco, a qué viene eso de Paco ahora, además, sabe usted que Nicolasa nunca quiso decir quién era el padre, por aquello de que la tomaron estando sola en casa mientras los hombres estaban en el campo, ¿o no lo recuerda ya?
Abuela: Pamplinas, si lo vi el otro día yo, a Lorenzo, y ya te digo, igualito ha salido Paco a su padre.
Jacobo: Luisa escúchame.
Abuela: Dale recuerdos de mi parte si lo ves y que vaya con Dios.
Jacobo: ¿A qué hora es el entierro?
Luisa: Madre, que fue un bandido el que tomó el vientre de Nicolasa, se dio a la fuga
Abuela: Anda ya niña.
Jacobo: Luisa...
Luisa: Y nadie sabe quién es el padre
Jacobo: ¡Maldita sea Luisa! (pega un golpe en la mesa con la mano con la que sujeta el vaso que aún contiene vino y salpica) ¿Quiéres atender de una vez? ¿A qué hora es el maldito entierro?
Luisa: A las siete Jacobo (suelta el cuchillo), pero...
Jacobo: ¡No hay peros que valgan! La vieja esta ya, a ver si se muere también y nos deja tranquilos, que sólo hace comer e inventar, loco me tiene ya con sus majaderías (se levanta), ¡siempre igual!
Luisa (agacha la cabeza): Te prepararé la ropa para el entierro (se levanta y sale de la cocina).
Jacobo se queda en pie mirando a la abuela.
Jacobo: ¿¡Qué!?
Abuela: Hay que ver lo que se parece Paco a su padre.
-Lady Ankas
Sin título.
Personajes:
VICENTA
ABUELA
FEDERICO
VECINA
(Ya no entra luz por la ventana de la cocina, situada en la planta baja. A través de las rejas verde carruaje se ven las casas de la acera de enfrente.
Junto a la ventana hay una mesa cuadrada con cuatro sillas. FEDERICO y la ABUELA están sentados y comen. El mobiliario de la habitación, en blanco contrachapado, presenta en general un aspecto viejo y descuidado.)
VICENTA (entrando): ¡Ay, ay, ay, ay! Las diez de la noche y sin volver... ¡esta niña! ¡Me tiene más harta! (pone el pan en la mesa con un golpe. La ABUELA le da la vuelta).
ABUELA: Pon el pan derecho, niña.
VICENTA: ¡Ay, madre, déjame que estoy que ya no sé ni lo que hago! ¡Esta niña! Si estuviera el padre... ¡se va a enterar! ¡me va a oír!
FEDERICO: Pero ¿la quieres dejar? Que no está haciendo nada malo.
VICENTA (haciendo aspavientos): Tú te callas. ¿Te crees normal que con dieciocho años que tiene se pegue todo el día en la calle que la gente dice cosas y si me giro se callan?
FEDERICO: ¿Y qué van a decir? Es este pueblo de alcahuetas. Si tiene novio mejor que digan que lo tiene a que digan que lo pierde.
VICENTA: ¡Federico! Menos tonterías que me calientas.
ABUELA: ¡Ay, señor, llévame pronto!
VICENTA: ¡Novio ese! Y mira que el de Agustina la pretendía ¡eso es un novio! (coge un pellizco del pan y lo devuelve a la mesa. La ABUELA lo pone de nuevo al derecho).
ABUELA: Niña, el pan.
VICENTA: Madre, ¡que me dejes!
FEDERICO: Chico favor le haces tú a tu hija recomendándole al primaveras ese que es un suavón, lo que no le dan lo toma por la fuerza.
VICENTA (pelando una manzana verde): Envidia es lo que tienes porque tenéis la misma edad y él tiene estudios y un caballo. ¿Y tú? ¡Ja! Cogiendo aceitunas si se puede y si no... ¡Hambre, hambre! ¡Ay! Verde de envidia me pongo yo de Agustina. La niña es una callejera y tú... A ti no sé que te pasa que tienes edad de casarte... Menos amigotes, Federico, y más echarte novia. ¡Ea! ¡Ya me he cortado! Normal, ¡Si me vais a volver loca! (Se levanta abre el grifo y no sale una gota. Gritando) ¡A ver si arreglas esto! (Sale)
ABUELA (mirando por la ventana): Federico, hijo, mira la luna ¿La ves?
FEDERICO: No, abuela, no veo nada.
ABUELA: Sí, sí, mira la luna ¡Está verde!
FEDERICO (para sí): Cada vez ve peor la pobre... (en alto) Abuela, será una farmacia.
ABUELA: ¿Qué farmacia? ¡Es la luna! (se calla y hace como que oye) ¿Qué es eso? ¿Son caballos?
FEDERICO: No oigo nada, abuela, venga, (ayudándola a levantarse) vamos a la cama .
ABUELA (deteniéndose): ¡Ay, Federico! ¿Dónde está mi niña? ¿De quién son esos caballos? (Se tapa lo oídos. Federico la sujeta por los hombros)
VOZ EN OFF (desde la calle, a gritos): ¡Vicenta, Federico!¡Vicenta, Federico!
FEDERICO (asomándose por la ventana): ¿Qué?
VECINA (llorando): ¡Federico! ¡Sal! ¡Llama a tu madre! ¡Llama a la policía!
ABUELA: ¡Ay, señor! ¡Mi niña!
VICENTA (entrando): ¿Qué pasa, escandalosa? ¿Qué quieres a estas horas?
VECINA (llorando, sacude la reja de la ventana): Vicenta, por Dios, tu niña ¡ay! A tu niña y al novio les ha pegado un pinchazo el de Agustina ¡corre!
ABUELA (desmayándose): ¡Ay!
FEDERICO (atendiendo a la ABUELA): ¡Abuela! ¡Mamá, tú corre a ver qué ha pasado (VICENTA horrorizada, sale corriendo) Ahí tienes a tu joya, mamá. ¡Ahí la tienes! ¡Ay, mi hermana! ¡Ay, mi abuela! Vecina, ¿qué ha pasado?
(Cae el telón)
- Esther
Si decidís animaros y escribir vuestro propio drama, enviadlo a t_es@hotmail.es antes del 15 de septiembre y estaremos encantadas de publicarlo junto a los nuestros.
Para nuestro próximo ejercicio hemos elegido el tremendismo como base. Se trata de escribir el final de una historia tremendista, solo el final; mostrar la realidad más cruda, más violenta, más desgarradora y porqué no, más fea.
Muy prontito os dejaremos alguna pistita más para que se os llene la pluma de fuerzas.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Para ir abriendo boca...
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