miércoles, 15 de mayo de 2013

WU ZETIAN. HISTORIA DE UNA VENGANZA..


Ésta será una dulce venganza, pensó mientras se bajaba las bragas y abría las piernas frente al hombre que más odiaba.

Todos se sorprendieron el día que anunció el nuevo decreto, ni siquiera sus primeros ministros (y amantes) Zhāng Yìzhī y Zhāng Chāngzōng sabían nada al respecto. Pobres bobos, la miraban con mirada de amantes traicionados.No entendían.Nadie tenía por qué entender. Ella era la emperatriz, había luchado desde muy joven para alcanzar esa posición. Había aprendido a usar su cuerpo para su propio beneficio, ahora lo usaría también para la venganza. Poco le importaba lo que pensaran los grandes varones del reino y menos aún si esta nueva excentricidad provocaría un empeoramiento en las relaciones con los países extranjeros; se haría su voluntad, como siempre se había hecho. 


Fue un día feliz aquel que conoció la debilidad de su enemigo. Justiniano nunca supo que ella lo había visto en las sombras, abrazando y besando a ese jovencito; pero ella nunca se olvidó. Había indagado, sabía de memoria el nombre de todos sus amantes, conocía sus gustos, incluso aquellos más íntimos... Si Constantino hubiese sabido, si hubiese imaginado siquiera lo que era su querido hijo... Él sí que era un auténtico hombre, su Constantino, buen emperador y mejor amante. Era un insulto a su memoria el comportamiento de su hijo. Ella siempre había sentido un odio irracional hacia Justiniano, un odio que nadie comprendía. Nadie tenía por qué comprender. Ella era la emperatriz y, desde ese día, cada vez que Justiniano quisiera una audiencia con ella tendría que arrodillarse frente a ella y realizarle un cunnilingus.



             



                                                                                                                        Inma















miércoles, 17 de abril de 2013

Noches de ventana abierta.

 Están tibias las noches. Están las ramas llenas de azahar y los hombros de lunares. El artista que llevamos dentro nos pide inspiración. Ve pasar la primavera y se va corriendo detrás.
Paciencia. Esta compañía está preparando números nuevos.

domingo, 24 de febrero de 2013

Pista

¿Cómo van esos Ilustrísimos?
Los que no nos pasáis vuestros relatos por facebook, sabéis que podéis enviarnos cualquier cosa al correo t_es@hotmail.es. Pero hoy queremos pediros un poco más. Los que queráis, podéis acompañar vuestros textos con algún enlace, vídeo, canción o imagen que nos lo ilustre. De vuestro personaje, sobre vuestra historia, de los sitios donde os documentasteis o las melodías que os inspiraron. Por ejemplo, esta idea se me ocurrió con este vídeo:





Pensé que si tuviera que escribir sobre Fred Astaire para vosotros, tendría que enseñaros este baile magnífico y este vestuario espectacular. La vida es un show, la vida es una coreografía. La vida, Fred, es un circo.

A cambio, y quedamos en paz, os sopló polvillo de inspiración (...) en la cara con unas páginas que me he ido encontrando en mi investigación.
Aquí un ránking de diez escritores asesinos y aquí diez famosos suicidas.
Aquí mujeres que marcaron la historia. 
Aquí personajes históricos con discapacidades.



Y aquí mi tributo para el Club de lectura "Síndrome de extrarradio". Ya sabéis... Ocio y cultura hasta la sepultura.




viernes, 15 de febrero de 2013

¿Quién ha vivido tanto como para desmentirnos que la historia es una gran mentira?

Después de tan largo paréntesis, este intento de primavera que doña Inés vive en el exilio viene cargado de nuevos proyectos literarios. En este nuevo ejercicio volvemos a proponer escribir un relato, un relato de ambientación histórica, basado en la vida de algún personaje real.
Época,ambientación, estilo... drama o comedia... amor, terror, sueños... esos pequeños detalles quedan a vuestra elección. Así que desempolvad vuestros libros de historia, quemad la Wikipedia, escuchad las historias de vuestros abuelos y ¡a escribir!

jueves, 31 de enero de 2013


"El circo de los folclores cerró sin avisar.
Una de las socias, probando suerte a ultramar;
la otra a punto de hacerse ahorcar
de la rama de un olivo..."


Ese podría ser el principio de las coplas de mis disculpas.Debajo del antifaz de Carnavales, doña Inés sigue con el runrún del día de los Muertos. ¡Se acabó el luto y con él la espera! De todas formas, nuestros réquiem siempre tienen algo de chirigota y nuestras bacanales resultan siempre un tanto elegíacas.


Ahora, haceos un rewind y poneos en situación. La sombra de los fiambres se alarga hasta febrero y aún hasta marzo. Los muertos vivientes son cosa de todo el año.

Sin título


Mentiría si dijese que me acostumbré a esa sombra, que llegué a aceptar su presencia.
Los muebles de mi habitación sí parecían haberse acostumbrado, y la trataban como a una más, como a una de ellos. Como si siempre hubiese formado parte de nuestra pequeña familia. Ya ni siquiera la cama se asustaba por las mañanas cuando la veía ahí plantada, justo a sus pies, respirando mis sueños. El armario todavía refunfuñaba de vez en cuando y murmuraba algo acerca de que esta habitación ya no es lo que era. Pero todos parecían haberse adaptado a esta nueva compañera; todos menos yo.
Me sentía como si yo fuese la extraña, como si nada de aquello me perteneciese, como si todo me fuese ajeno o desconocido. Ya ni siquiera podía leer, la sombra se situaba junto a mí y leía sobre mi hombro. Criticaba mis libros. Pensaba que las novelas llenan las mentes de ideas extrañas, que sólo debería leer poemas... Se sentaba a mi lado y me preguntaba cuándo volvería a escribir; yo simulaba que no la escuchaba, como si estuviese tan entregada a la lectura que nada pudiese desenterrarme de los límites de la fantasía, arrancarme de esos mundos imaginarios donde no existía la sombra. Pero claro que la escuchaba, no podía leer ni una frase completa con esa inquietante presencia en mi espalda.
De vez en cuando pasaba una página para no levantar sospecha.
Hace cinco días decidí probar una táctica nueva y reconocer su presencia desde primera hora de la mañana. Cuando me desperté, me senté junto a ella, a los pies de la cama, a observar el hueco vacío de mi cuerpo en el colchón. Ella me miraba: no parecía extrañada, sino triste. Y así nos pasamos todo el día, la sombra y yo, contemplando vacío y quietud en mi dormitorio.
Al día siguiente lo mismo, cuando desperté me senté junto a ella, a los pies de la cama a guardar el vacío, mientras la sombra me observaba a mí... Y esta vez, estoy segura, su cara era de tristeza.
Al tercer día, cuando me senté junto a ella, ya no me observaba. Junto a mí, hombro con hombro, comenzó también a observar el vacío.
Ayer ni siquiera me miró de reojo, estaba absorta, contemplando. Cuando me senté junto a ella descubrí con horror que había alguien en mi cama. Me acerqué y vi mi cuerpo dormido, abrazando la almohada. Pensé que estaba soñando, este asunto de la sombra me había afectado demasiado; y decidí volver a la cama. Cuando me acosté, el cuerpo, mi cuerpo, se movió asustado y me miró con cara de sorpresa y pánico. Pero se levantó y se vistió, ignorándome, como si yo fuese una sombra.
Ahora por las tardes me siento junto al cuerpo, junto a mi cuerpo, mientras éste lee, o finge leer, y le pregunto: ¿cuándo volverás a escribir otro poema?.
Inma

Momia


La directora estaba enterada de que las enfermeras permitían que algunas internas eligiesen una canción para oír en la sala de descanso. Por lo demás las normas eran inflexibles y las celadoras se encargaban de que se cumpliese por la fuerza lo que de buen grado no quería hacerse. A las siete se servía la cena y a las nueve invariablemente se apagaban las luces hasta las seis de la mañana. En aquel laberíntico amasijo de pasillos oscuros y pabellones húmedos, se oían quejidos y lamentos que viajaban de una habitación a otra, propagándose como una enfermedad por aquellos cuerpos ya consumidos por la locura.
Solo el pabellón C escapaba a esta rutina. En él no había música ni se apagaban las luces. En el pabellón C, que ocupaba tan solo Marie Chatouilles, no había invierno ni verano, madrugada ni amanecer. Tan solo un reloj de pared que escupía su incesante tic tac y un cuerpo envuelto en vendas que no podía moverse ni tan siquiera articular sonido.
Pronto se extendió el sobrenombre de la Momia para ella. Hacía meses había llegado con pocas perspectivas de sobrevivir: primero se encontraron los pedazos de los cuerpos de las tres compañeras de internado a las que había desnudado, asesinado y descuartizado y por último a ella, que se había acuchillado con sadismo el rostro y los brazos y por último se había prendido fuego echándose encima el aceite de una lamparilla.
Durante las curas, su único ojo salvo podía ver los rostros compungidos de las enfermeras más expertas y en ellos el reflejo de los metros y metros de vendas ensangrentadas y cubiertas de pus. Todos se preguntaban cómo era posible que la Momia continuase aún con vida. A veces, repugnadas y llenas de odio le decían:
-         - Nunca, monstruo maldito , acudirás a un baile, ni te casarás y tendrás hijos. Nunca tendrás un amante que te erice la piel de la espalda y por supuesto que jamás volverás a ver una puesta de sol en el mar. Todo cuanto te espera, Momia asquerosa, está en esta habitación.
El resto de su tiempo en silenciosa e iluminada soledad, se miraba en un espejo que la directora había hecho colocar en el techo, sobre su cama. Tic, nunca más el trazo uniforme de una pluma nueva de cumpleaños. Tac, para siempre su reflejo mutilado. Tic, nunca una mano cariñosa en su hombro. Tac, para siempre a la espera de una muerte que se había olvidado de ella.
Lentamente, pasaba un día sin noche tras otro y se preguntaba, cuántos años tendré ya, cuántos años me quedarán todavía. Y como por dentro apenas tenía dieciséis, recordaba sin poder ya llorar por ellas, las excursiones del internado a la ciudad y al mar y con ellas a la silueta esbelta y siniestra que encontraron sus amigas y ella después de desobedecer la orden de no alejarse. Con aquel largo sombrero negro y la cara blanca y después se volvía todo rojo.
La visión de una habitación llena de vísceras, en las paredes y el techo, le atravesó el corazón y cerró su ojo sano como si con ello pudiese ignorarla. Sabía que aquella era la noche en que debía haber muerto y que como no lo hizo, la muerte se olvidó de ella.
Tic, y nunca más una palabra con la que poder defender su inocencia. Tac, ni unas piernas fuertes para huir de su tormento. Y el reloj calló.
La Momia se quedó sola en su habitación con luz perpetua, donde solo se oía su dificultosa respiración, con la vista clavada en el espejo del techo. 

Esther