Ofrecía un imagen esperpéntica, entre triste y cómica, montada en su bicicleta con sus pendientes hechos de cáscaras de naranja y esa sonrisa siempre inocente.
En la residencia todo el mundo la quería y siempre tenían una palabra amable para ella. La cocinera le preparaba con esmero su plato favorito: tortilla de calamares. (No se atrevía a probar a qué rayos sabía aquello, pero como a ella le gustaba se lo preparaba de vez en cuando). La enfermera le llevaba recortes de revistas, sabía que le gustaba coleccionar fotos de manzanas y de Carmen Sevilla.
En fin, todo el mundo la quería y la cuidaba, aunque ella no lo notaba inmersa en su mundo de fantasía. Pero siempre respondía con una sonrisa cuando alguien le decía: “Mariquilla, ¡qué guapa estás esta mañana!”
Inma.
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