El río
Guadalquivir va entre naranjos y olivos.
¡Y cómo
siento el manantial aquí en mi corazón oscuro!
No se ve el agua.
-pero su presencia oscura
se baña
la desnudez eterna,
para la que el hombre es ciego.-
-pero su presencia oscura
se baña
la desnudez eterna,
para la que el hombre es ciego.-
Los
olivos subían y el río bajaba
Su callar
es el mar, y su ceguera el cielo
Y gritas
y brillas y saltas y te hundes y te oscureces,
te encoges, te dilatas.
Hablas
todas las lenguas y te callas.
Lloras
intensamente.
Y yo,
escondido, lo estoy mirando.
Tardes
románticas tras la ventana.
Este río
me atrae y me lleva
Pero no
me importa:
Ya sé que
eres tú y que yo podría ser como tú,
Y eso me
basta, amigo, de verdad.
Sin
relación, amigo en al belleza,
en la
locura. Amigo en no querer ser nada más.
En no querer saber de nada más.
En no querer saber de nada más.
¡Ay, no
poder quedarme vivo en ti!
Sin
hambre, sed ni sueño,
Porque no
quiero verte sino serte.
Ser en ti
yo, vivir yo en ti,
Yo mismo,
siempre.
Y siempre
igual, siempre distinto,
Repetido
y sin guía, siempre.
El hombre
debería poder ser lo que desea.
Debería
ser en la medida de su ilusión y deseo.
Entonces
yo sería tú, que eres tú mismo.
Que eres
lo deseado del total deseo.
El cuarto
era pobre y ordinario,
oculto
encima de la equívoca taberna.
Por la
ventana se veía la calleja estrecha y sucia.
Desde
abajo llegaban las voces de unos cuantos obreros
que se
divertían jugando a cartas.
Y allí
sobre el vulgar y humilde lecho
fue mío
el cuerpo de amor,
y poseí
los labios, voluptuosos y rosados,
de una
embriaguez tal que,
incluso
ahora al escribir
-
¡después de tantos años! –
en mi
casa tan sola,
me
embriago una vez más.
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