viernes, 14 de septiembre de 2012


El río Guadalquivir va entre naranjos y olivos.
¡Y cómo siento el manantial aquí en mi corazón oscuro!
No se ve el agua.
-pero su presencia oscura
se baña
la desnudez eterna,
para la que el hombre es ciego.-
Los olivos subían y el río bajaba
Su callar es el mar, y su ceguera el cielo

Y gritas y brillas y saltas y te hundes y te oscureces,
 te encoges, te dilatas.
Hablas todas las lenguas y te callas.
Lloras intensamente.
Y yo, escondido, lo estoy mirando.
Tardes románticas tras la ventana.
Este río me atrae y me lleva
Pero no me importa:
Ya sé que eres tú y que yo podría ser como tú,
Y eso me basta, amigo, de verdad.
Sin relación, amigo en al belleza,
en la locura. Amigo en no querer ser nada más.
En no querer saber de nada más.
¡Ay, no poder quedarme vivo en ti!
Sin hambre, sed ni sueño,
Porque no quiero verte sino serte.
Ser en ti yo, vivir yo en ti,
Yo mismo, siempre.
Y siempre igual, siempre distinto,
Repetido y sin guía, siempre.

El hombre debería poder ser lo que desea.
Debería ser en la medida de su ilusión y deseo.
Entonces yo sería tú, que eres tú mismo.
Que eres lo deseado del total deseo.

El cuarto era pobre y ordinario,
oculto encima de la equívoca taberna.
Por la ventana se veía la calleja estrecha y sucia.
Desde abajo llegaban las voces de unos cuantos obreros
que se divertían jugando a cartas.

Y allí sobre el vulgar y humilde lecho
fue mío el cuerpo de amor,
y poseí los labios, voluptuosos y rosados,
de una embriaguez tal que,
incluso ahora al escribir
- ¡después de tantos años! –
en mi casa tan sola,
me embriago una vez más.



 Gerardo Ciego



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