miércoles, 7 de marzo de 2012

Nube - aroma.

Había una nube de moscas alrededor de su cabeza, todas impacientes, atraídas por el aroma de una idea.
Las pobres se estrangulaban entre los cabellos, desorientadas de hambre como estaban. Fue toda una tragedia para el mundo de las moscas, hubo muchas bajas y centenares de familias de moscas quedaron divididas.

Antes, las moscas acudían a la mierda, pero ahora, con todo el tema de la energía nuclear y las ondas de los teléfonos móviles se han hecho muy grandes, se han puesto boina de artista, copa de absenta y acuden a las ideas. Está realmente de moda: por todas partes venden caretas con trompas con pelo y ojos enormes.
Esther

Bicicleta - cáscaras



Ofrecía un imagen esperpéntica, entre triste y cómica, montada en su bicicleta con sus pendientes hechos de cáscaras de naranja y esa sonrisa siempre inocente.
En la residencia todo el mundo la quería y siempre tenían una palabra amable para ella. La cocinera le preparaba con esmero su plato favorito: tortilla de calamares. (No se atrevía a probar a qué rayos sabía aquello, pero como a ella le gustaba se lo preparaba de vez en cuando). La enfermera le llevaba recortes de revistas, sabía que le gustaba coleccionar fotos de manzanas y de Carmen Sevilla.
En fin, todo el mundo la quería y la cuidaba, aunque ella no lo notaba inmersa en su mundo de fantasía. Pero siempre respondía con una sonrisa cuando alguien le decía: “Mariquilla, ¡qué guapa estás esta mañana!”
Inma.

Campana - patio.

En los rincones más oscuros de este patio,
donde ya no llegan ni el repicar de las campanas, 
solo la sombra y la niebla,
están enterrados los restos
de quienes tuvieron un nombre.

Llevo todo un cementerio a cuestas
en el patio de la cárcel de mi cabeza.
Esther.

Taquicárdico - ceniza.


Se puso taquicárdico el día que se despertó y descubrió que tenía la boca llena de ceniza. Pero entonces decidió que, seguramente, no estaba despierto todavía sino que continuaba soñando. Recordó que alguna vez alguien le dijo que, para comprobar si estaba en un sueño, debía mirarse las manos. Y eso hizo. Eran las mismas manos de siempre, viejas y llenas de arrugas, con las uñas mordidas y los cinco dedos llenos de padrastros.
Decidió salir de la cama para ver qué sucedía, pero todo era normal: las piernas lo aguantaron como siempre, quejándose en las rodillas, y el suelo estaba frío como todas las mañanas.
Inma.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Dos palabras y cinco minutos.

Para este ejercicio hemos probado algo un poco diferente de lo que hemos hecho hasta ahora. Dos palabras elegidas de forma aleatoria, cualquiera que sea el método escogido para obtenerlas, serán el punto de partida de nuestro texto. Bernardo Atxaga, emplea este recurso en uno de los relatos de su libro Obabakoak.

Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos. La gente sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también estaba quemada mi cara; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así me reía de su morbosidad. Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día. Uno de ellos se quemó la cara, pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor. Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia, yo debería hacer lo mismo que él: quemarme la cabeza.
Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico, ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezará con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación menos poética. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amdo en silencio, era feliz cuando le clave este cuchillo en el corazón. Y ahor sólo me queda llorar por mi mala suerte.

Sus palabras de origen eran red y manos. Según Bernardo Atxaga, dos palabras y un reloj que marque cinco minutos son suficientes para crear un relato.

Esto es lo que Gianni Rodari, llama un binomio fantástico. Para que el binomio fantástico funcione completamente las palabras no pueden tener ningún tipo de relación lógica, ni semántica, ni conceptual y preferiblemente representarán conceptos no abstractos.

Pero por si aún quedaba alguna duda sobre nuestra heterodoxia, una vez más, le daremos a este ejercicio nuestro toque personal. Hemos confiado plenamente en el azar y nuestro método de elección fue un dedo a ciegas por las páginas de un diccionario.

Se otorga a los escritores toda la libertad del mundo en cuanto a forma y temática. Es decir, podéis escribir un poema, un ensayo, un texto en prosa, una escena dramática, un texto periodístico... lo que quiera que vuestra inspiración os traiga a la cabeza. La única condición es que la primera frase de vuestro texto debe contener las dos palabras que os hayan tocado.
Ahora es vuestro turno. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

Correspondencia.

Nosotras, aunque nos pese, somos así de informales. Primero fue la idea. Queríamos ofrecer un tributo a Baudelaire, a su simbolismo. Pero las ideas degeneran, y como somos unas degeneradas, nos fuimos alejando y alejando hasta que quién sabe si estamos más cerca de Baudelaire de lo que en principio pensamos.
Yo lo intenté, pero me topé con el peor enemigo: la hoja en blanco. De verdad que lo intenté, e intentándolo me vine a querer enterar de cosas que no entiendo. Entonces, en esta vorágine de frustración, empecé a escribir.

          CORRESPONDENCIA.


¿Qué es esto? Esta falta de imaginación,
esta incapacidad para crear un símbolo,
esta frustración por no encontrarlo...
Señor Baudelaire: usted y Swedenborg se equivocaban.
No existen las correspondencias.
No existe el mágico mundo de lo intangible.
Este dolor no significa nada.

Todo está aquí.
Las correas: las hay en mi mano, las hay en mi cuerpo.
La piedra tampoco vive eternamente
aunque los hombres se empeñen
en vivir bajo la infinita losa de la ley.
No, definitivamente no existen
los Olimpos de lirios blancos.
Solo un cuerpo, muchos cuerpos,
cemento, cristal y barro.
No existen ideales ni valores supremos
y por eso ni los respeto ni los violo.
No.

Todas las cosas miserables de la vida
puede hacerlas aflorar un hombre con las manos,
como el arte, la pasión y la justicia.
Como el vino, la muerte, el humo y la sangre.
El pecado, las tumbas, los sesos.
El vampiro y las mujeres,
el asesino y las putas.
Los ciegos y el anarquista.

Baudelaire era un llorón,
un pijo y un cornudo.
Pero ¡ay! su sangre sobre los adoquines
se me antoja tan espesa como la mía.

Esther.

Baudelaire o no Baudelaire.

Antes que nada, explicaros que parece ser que no entendí muy bien el objetivo de este último trabajo. Creí que se trataba de escribir algo de estilo baudeleriano; y lo intenté... Lo intenté todo: verso, prosa poética, incluso un artículo o ensayo (no sé muy bien qué nombre darle) que comenzaba diciendo que esperaba algún día arrepentirme de esas palabras pero que Baudelaire me aburre (hoy todavía no me arrepiento). Si hubiese sabido que se trataba de un texto simbolista hubiese tirado por derroteros más machadianos, haciendo más fácil este ejercicio.
Al final escribí este “poema” que no es para nada simbolista pero, al menos, me divierte y espero que a ustedes también. Así que, una vez más, pasen y vean (y, si encuentran con qué, disfruten):


BAUDELAIRE O NO BAUDELAIRE
Ay, ay, ay, que apesto a Romanticismo
y sé que ya mismo
voy a estar buscando a Jarifa
para cogerme de su mano,
besarle entera la boca
y lamerle los pechos de loca.
Ay, ay, ay, ¿qué son estas palabras?
Teresa, vida mía,
yo pensando en desenfreno y en orgías
y tú en tu casa,
de amor idealizada,
esperando a quien dice que te ama.
Pues mejor espera sentada
porque con Jarifa en una cama
las horas se transforman en semanas
y me olvido de la vida
y hasta de ti,
querida.
Ay Teresa, si yo te canto
pero Jarifa tiene tantos encantos
que yo, que he conocido
el Cielo y el Infierno entre sus piernas,
me he dado cuenta
que la mujer ideal
no se halla en una mirada angelical.
Ay, ay, ay, ¿qué me pasa?
Se me olvida que tú eres
la sacra ninfa que bordando mora
debajo de las aguas cristalinas,
que te veo
aérea como dorada mariposa
en sueño delicioso del deseo,
angélica, purísima y dichosa.
Todo eso se me olvidaba,
ya ves cuan ingrato es mi corazón
que no se acuerda de nada
cuando piensa en una ramera
desnuda sobre el colchón.
Y es que su cuerpo de fuego
me embriaga como el vino,
es una necia mujer
pero sus placeres son divinos.
Y ¿qué he de hacer?
Cómo podría yo escoger
entre el amor de Teresa,
toda virtud y pureza,
y el deseo de Jarifa,
que con sólo una mirada
llena mi cuerpo de lascivia.
¡Ay de mí, pobre poeta!
Este juego de amor
me está volviendo majareta.

Al menos, con toda esta confusión
he aprendido algo:
no sabré escribir como Baudelaire
pero como Espronceda me salgo.
Aunque, pensándolo bien,
parece que aquí también
tenemos algo del amigo B,
a saber:
tenemos a Jarifa,
una puta;
tenemos también un vampiro,
yo,
que bebo de la inspiración
de quienes abrieron sus propios caminos;
tenemos también presente
el símbolo del vino.
Pero no busquéis a Dios
porque él es demasiado fino
para aparecer en este torbellino
de vírgenes, putas y poetas.


Inma.