miércoles, 7 de marzo de 2012

¡Que estamos muy locas!


¡Que publicamos los ejercicios sin corregir!
Risas a parte, después de este largo paréntesis, que hemos hecho para dedicarnos de pleno a perder el tiempo, volvemos pues lo prometido es deuda.
Aquí está el producto de la improvisación, de un sorteo y un reloj. Sinceramente, esperamos que no sean muy severos en su juicio, señores. A veces, la literatura es una losa, otras un globo y otras, como esta, un juego.


¡Pongan en marcha los relojes!

¡Pasen y vean!

Nobleza - añejo

Se dijo, meneando su copa de coñac añejo, en su enorme mansión, propia de la más alta nobleza, que lo más probable era que en aquel preciso instante, toneladas de plebeyos estuviesen abandonando sus camas tiesas y poniéndose sus camisas raídas para recibir la dosis diaria de disciplina que necesitan.
Miró hacia atrás y ella aún estaba allí, desde la noche anterior, y por fin se iban a dormir.
Se dijo todo esto con una lata de cerveza de Lidl, en un piso que compartía con Cajasol.

Pero estaba de vacacione y ¡qué coño! era un rey.
Esther

Rayo - lana


El rayo de luz cayó directamente sobre ella, y su jersey de lana verde brilló haciendo que todo el mundo la mirase. Ésa era su noche. Lo notaba. Por eso llevaba aquel jersey que ella adoraba, a pesar de que todo el mundo le decía que era anticuado y que estaba lleno de pelotillas. A ella le gustaba, igual que los vaqueros despintados con una mancha de lejía en la pierna izquierda. Había vivido grandes noches con esos vaqueros, eran como una segunda piel cuando salía de fiesta y le daba pena deshacerse de ellos. Era su noche, y ella se había vestido para la ocasión.
Cogió su copa, bebió un trago largo y se soltó el pelo. Dejó la copa en una mesa y salió de la pista de baile, dirigiéndose a la sombra, confundiéndose con la multitud... Su jersey dejó de brillar cuando llegó a la salida.
Pensó que, si ésa era su noche, por qué iba a pasarla rodeada de desconocidos.
Inma

Nube - aroma.

Había una nube de moscas alrededor de su cabeza, todas impacientes, atraídas por el aroma de una idea.
Las pobres se estrangulaban entre los cabellos, desorientadas de hambre como estaban. Fue toda una tragedia para el mundo de las moscas, hubo muchas bajas y centenares de familias de moscas quedaron divididas.

Antes, las moscas acudían a la mierda, pero ahora, con todo el tema de la energía nuclear y las ondas de los teléfonos móviles se han hecho muy grandes, se han puesto boina de artista, copa de absenta y acuden a las ideas. Está realmente de moda: por todas partes venden caretas con trompas con pelo y ojos enormes.
Esther

Bicicleta - cáscaras



Ofrecía un imagen esperpéntica, entre triste y cómica, montada en su bicicleta con sus pendientes hechos de cáscaras de naranja y esa sonrisa siempre inocente.
En la residencia todo el mundo la quería y siempre tenían una palabra amable para ella. La cocinera le preparaba con esmero su plato favorito: tortilla de calamares. (No se atrevía a probar a qué rayos sabía aquello, pero como a ella le gustaba se lo preparaba de vez en cuando). La enfermera le llevaba recortes de revistas, sabía que le gustaba coleccionar fotos de manzanas y de Carmen Sevilla.
En fin, todo el mundo la quería y la cuidaba, aunque ella no lo notaba inmersa en su mundo de fantasía. Pero siempre respondía con una sonrisa cuando alguien le decía: “Mariquilla, ¡qué guapa estás esta mañana!”
Inma.

Campana - patio.

En los rincones más oscuros de este patio,
donde ya no llegan ni el repicar de las campanas, 
solo la sombra y la niebla,
están enterrados los restos
de quienes tuvieron un nombre.

Llevo todo un cementerio a cuestas
en el patio de la cárcel de mi cabeza.
Esther.

Taquicárdico - ceniza.


Se puso taquicárdico el día que se despertó y descubrió que tenía la boca llena de ceniza. Pero entonces decidió que, seguramente, no estaba despierto todavía sino que continuaba soñando. Recordó que alguna vez alguien le dijo que, para comprobar si estaba en un sueño, debía mirarse las manos. Y eso hizo. Eran las mismas manos de siempre, viejas y llenas de arrugas, con las uñas mordidas y los cinco dedos llenos de padrastros.
Decidió salir de la cama para ver qué sucedía, pero todo era normal: las piernas lo aguantaron como siempre, quejándose en las rodillas, y el suelo estaba frío como todas las mañanas.
Inma.